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miércoles, 3 de agosto de 2016

Soledad Concha

La luz colisionó en mi rostro, me derritió las pestañas. Llegó estrepitosamente con la verdad forjada y aunque tan veloz fuera, procuró las curvas para tardar su llegada. Fue al sol y de vuelta infinidad de veces y aunque de naturaleza iluminada estuviese formada, con la pena escondida entre fotones viniere… cualquiera comprendería esta dualidad intencionada de quien escribe y no concibe luz, incluso en su presencia... ¿Qué sucede ahora? Si el verso esconde mi rabia y la prosa razona. Versé tus besos y los envolví en estrofas, consumí la métrica en cada estampida, y escupí los rotos fangos de tus labios al final de la madrugada. ¡Tenía memoria si! El dolor recuerda más, husmea, camina y sonríe con mayor frecuencia cuando el amor se escapa. Intenté de tan nefasto encuentro con la verdad bailando sonatas tan claras y con sonetos largos desdibujar la noche, aunque el día fuere una pequeña muerte... ¡Morí! Soledad Concha me acompañó, silenciosa y perentoria, me observó con los invisibles ojos de la relativa inexistencia, esos que ven pasar lo que no podemos contemplar, quizás a la irracionalidad dando brinquitos de tumba en tumba y yo con mis desmanes a cuesta.