Escribir sobre los recuerdos toma algo de
esfuerzo, se tienen unos predilectos que llegan sin previo aviso y otros a los
que debemos consultar en la línea del tiempo. El primero sobre ti lo tengo
fresco, coincide con mi primer viaje en bicicleta sin irme de bruces contra el
suelo. En mi segundo día de esa travesía te conocí. Había bajado intrépida de
noche el alto de San Miguel venciendo esos pequeños miedos que se tejen
conforme vas viviendo, miedo que por fortuna fui venciendo poco a poco.
Un hombre de pelo corto y color castaño
claro se asomó entre vaivenes. Yo también he tenido ese color, lo he cambiado
un par de veces para sentirme distinta, pero como las raíces son las raíces,
pues siempre vuelve. La segunda vez que mis miopes ojos constataron tu
existencia, fue en una reunión en casa de una amiga, compartimos la cama, solo
que lo suficientemente separados, tú estabas acompañado y ¿yo? dormí al lado de
otro chico. Entonces ¿cuándo mi interés suscitó en tu sonrisa, tu mirada, tu
presencia?
Un ambiente frío retomó mis imágenes sobre
ti. Te vi una cuadra antes del punto de encuentro. Ibas sobre una bicicleta
azul con un par de alforjas sobre si ¿cuánto tiempo sin verte? ¿es el destino caprichoso?
No quiero ahondar en ello. Recorrí en tu compañía un par de días, en los que
francamente disfruté cada momento. Reí a carcajadas como lo hago muchas veces,
pero a causa de ese humor sarcástico y ácido que suele escapar de ti con una
naturalidad que me divierte demasiado. Tengo por fortuna un mágico recuerdo que
incluye una estrella fugaz, de la cual vi apenas una pequeña estela, un último
trazo de luz que se dejó descubrir, en el que fuimos testigos y al final un par
de rostros llenos de sorpresa. Es difícil sorprenderse en éstas épocas, por
alguna razón vamos perdiendo esa capacidad.
Comencé este relato con un cigarrillo en la
mano y una cerveza para hacer más ameno el espacio de escritura. Hace mucho no
lo hago y me siento torpe, pero el ánimo permanece intacto. Me prometí después
de un corte de cabello en una cuarentena hacerlo en medio de una cobija roja y
un cubre lechos con una princesa rubia de un lado y Hello Kytti del otro ¿cómo
es que éstas dos figuras me dan la valentía para conjugar unos párrafos? He
puesto en youtube música para gatos y me encuentro con notas tocadas en piano
que me tranquilizan. Comencé leyendo a Claudia Restrepo y las amarguras de
Norma. Fue la clave para entender que lo que sentía debía ser escrito.
La novela que leo plantea algunas analogías
de situaciones con ciertos sabores, y yo no pude más que pensar en maní con
arequipe y un sorbo de agua. Ese delicioso manjar que nos llevamos a la boca,
descubriendo una maravillosa combinación que surgió de manera espontánea de los
dos, y hará que te recuerde inevitablemente. Mi rostro fácilmente se sonroja, y eso fue lo
que sucedió justamente después de un comentario jocoso que me hiciste cuando me
disponía a tacar una bola sobre una mesa de billar (Olvido en este momento las
palabras precisas), la última noche de nuestro corto viaje por el Páramo de
Sumapaz.
En mi celular guardé el contacto con tu
nombre agregando la palabra pestañas. Es porque encuentro fascinación en ellas,
acompañan perfectamente la expresión de tu mirada fija y segura, aunque a veces
parece dar brinquitos esquivos y pasajeros. Planee un par de estrategias para
volver al encuentro de esas pestañas. El primer artificio para coincidir con tu
presencia fue mío, debo admitirlo. Para momentos como esos agradezco mi osadía.
Acudiste a mi llamado y el próximo
encuentro fue en mi casa, con la excusa de una celebración post viaje. Sugerí
que bebiéramos aguardiente amarillo, fue el licor que nos embriagó esa noche.
Un amigo que también asistió se dejó vencer por el sueño o la borrachera. Quedamos
tu y yo. Cuando fue la hora de dormir te di a elegir, entre el otro cuarto o el
mío, por fortuna para mis intenciones preferiste mi compañía y me sentí
complacida ante la treta tendida, en absoluto estabas haciendo el papel de
inocente.
Quisiera ocuparme en describir la lucha
cuerpo a cuerpo que aconteció esa noche, y otras tantas, pero para mí es
suficiente con unas manos que encontraron camino en mi piel de manera perfecta
y yo pude hacer sendero con las mías, dibujando mapas anatómicos. Unos besos a
la medida de mis pasiones, espero que también de las tuyas. Unos cálidos
abrazos a deliciosas temperaturas en los que se puede suspirar pacientemente.
Me sorprendiste gratamente con llamadas que
sinceramente nunca esperé, soy analfabeta en ello y camuflaba mi nerviosismo
con estruendosas risotadas. Voy a
confesar que es un potente escudo, con el que suelo engañar a otros sobre mis
verdaderos sentires y finalmente me permite sobrevivir ¿qué más da? otros lo harán
de otras formas y la risa no me daña. Como si eso fuera poco también recibí de
tu parte un par de blusas, una de ellas de color negro con plumas blancas, que
dan la impresión de estar cayendo, siendo movidas por el viento y la otra, mi
favorita, es vinotinto con estampado de mariposas azules, iban con mi cabello
azul. Ahora va perfecta con el recuerdo.
Te pensé en mi viaje de 30 a la costa
caribe, te llevé un montón de veces en cada ola moverse y tocar mis pies.
Recorrí una de las principales calles de Palomino un poco extranjero, pero muy colombiano.
Soy nefasta dando obsequios; sin embargo, busqué incesantemente un regalo para
ti, me sentí comprometida en ello, ojeé muchos collares, pero no di con el
tuyo, me dije que me faltaba conocerte para atreverme a obsequiarte algo.
Quizás Papini fue lo mejor que pude dejar en tus manos y por supuesto fue un regalo
no planeado. Aunque eso de regalo en palabras del autor sería un absurdo,
finalmente nada es nuestro, ni las palabras allí escritas, ni el papel que procesó
y encuadernó otro para hacer el libro. Lo único que me pertenece es la
intención de un regalo.
Luego vino la distancia, intenté sutilmente
- eso pienso yo – sugerir nuevos encuentros, pero en adelante ésta se hizo paso
y yo preferí respetar espacios, ritmos e intenciones. Me inquietó sinceramente
saber que la bicicleta sería nuevamente el escenario que nos vería compartir un
montón de experiencias, maravillosas, por cierto, aún quiero pellizcarme para
comprobar que fue real. Por esos días fue emocionante saber que me robaste un
beso en una alucinada noche en la que no paré de bailar y celebrar la dicha de
tu presencia después de la ausencia. Me arrojé a tus labios sin asomo de duda,
posesa de alegría, pero para ser sincera el beso que atesoro, por sobre todos
los besos, ocurrió en la cuna de la Vorágine, Orocué, un pueblo lleno de magia.
Salimos apenas tu y yo por algún encargo a
la tienda, sentí tensión en tu compañía, debió ser porque casi siempre
estábamos con los otros chicos y este fue uno de los escasos momentos solos. No
me había sentido así antes, me frustra esa inseguridad inconsciente que se
apodera de mi robándome las palabras y la posibilidad de actuar naturalmente.
Fuimos hasta un parque que tenía una especie de chorros de agua, que se disparaban
en diferentes momentos y las personas jugaban en ellos para refrescarse. Yo
evitaba mirarte, compartimos un cigarrillo y en mis pensamientos dibujaba una
escena llena de besos. Lo quería incesantemente, fue la única idea que
monopolizó mi cabeza. Cuando decidimos volver, yo solo quería lanzarme sobre
ti, pero el miedo seguía latente. En ese mismo momento me odié por tanta
cobardía, gracias que salvaste mis intenciones y en un sobrecogedor abrazo mis
labios dieron con los tuyos. Ese sí que fue el mejor de los regalos.


