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viernes, 2 de diciembre de 2016

LA BANDA DEL SANTA BÁRBARA



La Banda del Santa Bárbara, de la que no querrá mi memoria remover recuerdos, ni siquiera aquellos de los días grises y oscuros en cada uno de ellos. De un baile frustrado por acuerdos no logrados, una nutela con sabor agridulce por discusiones inútiles, o un par de golpes a la pared, porque lo del amor por ese día para él no fue, mejor hubiese sido, esconder el celular de un calvo y darlo por perdido.

Un moñito vi a su antojo recorrer pasillos, sobre cabellos largos a veces tejido. Unas curvas bambolearse, al mando de unos labios rojos, vivos, coquetos y emancipados, Una palidez no tan simple, sus carcajadas le da matices. Como no, una sonrisa franca, frente a esa columna blanca donde se sentaba, de seguro para observar los rizos de quien sujeta ahora su mano y unos besos compartidos ¿se los dará en un rinconcito? como ese que vio el brillo de unos azules ojos, con un tic vibrante y palabras prudentes... ¡Debería yo aprenderle! El rincón de los enmascarados, silenciosos pero sabios; grandes claro está y en eso Tilas no me desmentirá.

La Banda del Santa Bárbara, la que veía a la entrada de la sala saludar a cada profe con humor fino y elegante, llegaba siempre el moreno impecable mostrando el diente o más bien los brackets.

Nunca, nos hizo falta un felino, el Gato era cuestión de estilo, y aunque una época negra tuvo, bueno ¡es un Gato! y sabe saltar tejados, y rodar pelotas, pero en ello hay un crack que le deja los bigotes encerados, hace chilenas, tijeretas, bicicleta y sombrerito, confiando en su parcerito al que vi fiel en el arco entre risas y gritos... Ah, y en su novia, la mona que le recompensa con un piquito.

La Banda del Santa Bárbara, donde hay ojos amarillos y el ingenio suficiente, para hacer robots y mostrarlos a la gente. ¿Dónde está el ensayo y los atrapasueños profe? de esos también hay y no me quejo. La banda trenzuda, nunca vi tantos cabellos cruzados y extensos, ¿qué hay de mi? se me dio por cortarlo, ¡bueno! será culpar a María, es terrible, siempre se lo decía y ella tan solo sonreía; por otro lado si de organización se tratase, el asunto tenía pinta de matriarcado, pues lo que había sido planeado sin ser consultado de seguro sería fracaso, desde la flaca, la gritona, la callada y la más peliona, querían ser escuchadas. La voces de la Banda, que empezaron a tocar en cierto momento de nuestras vidas.

"Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos" Julio Cortázar.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Soledad Concha

La luz colisionó en mi rostro, me derritió las pestañas. Llegó estrepitosamente con la verdad forjada y aunque tan veloz fuera, procuró las curvas para tardar su llegada. Fue al sol y de vuelta infinidad de veces y aunque de naturaleza iluminada estuviese formada, con la pena escondida entre fotones viniere… cualquiera comprendería esta dualidad intencionada de quien escribe y no concibe luz, incluso en su presencia... ¿Qué sucede ahora? Si el verso esconde mi rabia y la prosa razona. Versé tus besos y los envolví en estrofas, consumí la métrica en cada estampida, y escupí los rotos fangos de tus labios al final de la madrugada. ¡Tenía memoria si! El dolor recuerda más, husmea, camina y sonríe con mayor frecuencia cuando el amor se escapa. Intenté de tan nefasto encuentro con la verdad bailando sonatas tan claras y con sonetos largos desdibujar la noche, aunque el día fuere una pequeña muerte... ¡Morí! Soledad Concha me acompañó, silenciosa y perentoria, me observó con los invisibles ojos de la relativa inexistencia, esos que ven pasar lo que no podemos contemplar, quizás a la irracionalidad dando brinquitos de tumba en tumba y yo con mis desmanes a cuesta. 

lunes, 6 de junio de 2016

¿INFLUENCIA?


Influencia son mis días en la espalda, danzando con los vaivenes del viento, tan rápido y efímero, tan lento y doloroso... Que el tiempo es relativo, tan relativo como las miradas que me atraviesan, tan volátiles como un parpadeo. Tanto es nada, y hoy todo sería menos que un grano de arena. Tan ínfimo, tan nadie, que un respiro sería demasiado. Quisiera construir un cuento pero las palabras huyen en cada idea, pagaron estacionamiento en el fin del mundo ¿cuál es mi influencia? ¿será tan básico un olor? como el de tostar mi rostro en el sol, frita... ¿un sabor? Hummmm... Me quedo con el de tus labios antes y después del humo.


domingo, 31 de enero de 2016

LOS TIGRES


No conocí más que las balas hechas de pólvora tacadas en una escopeta para cazar armadillos, borugas, güaras, gallinetas, entre otros animales de la selva. Supe lo que es una macheta, un hacha, un perrero, pero él y ella trozaban la leña, rozaban la maleza de los potreros, arriaban ganado y montaban los caballos que yo también galopaba, en una silla o una enjalma para transportar mandarinas, naranjas, plátanos, gallinas, gasolina, abonos, pesticidas, hoja de coca. Ella cocinaba en horno de barro alimentos para 20 o tal vez 25 personas, los llevaba hasta los cultivos y preparaba la casa. Ellos raspaban las plantas con las manos llenas de sangre y sus dedos cubiertos de tela para no despeyejarse la piel. Él fumaba cigarrillo Imperial y ella jugaba con travesuras, mientras yo me trepaba en los árboles para devorar los frutos e imaginar todas las profesiones del mundo. A los cuatro años supe ser doctora, también maestra y como no vendedora, me supuse en el espacio y hasta preferí encuentros con serpientes (una culebra punk morada con cresta amarilla) en lugar de ratones. 

Nosotros sembrábamos pies de plantas de yuca y maíz. Mientras él cavaba, ella y yo dejábamos caer los granos en los agujeros y pisábamos la tierra. Bailábamos al sonido de una grabadora con pilas Varta, en casa de los vecinos para las festividades importantes. Madrugábamos a las 3 de la mañana para ir al pueblo por mercado y vender el polvo blanco. Él y yo vimos una lluvia de estrellas y tropecé mi rostro contra el suelo por no fijar mi camino y observar solo para el cielo. Éramos los tigres... Prósperos, laboriosos, justos y no embusteros. Él y ella en un comienzo debieron traer la leche de otra finca, trabajar algunos días a la semana jornaleando hasta que el Triunfo, nuestro lugar, fue para la manada.

Los otros, los sin nombre, los despiadados, los traicioneros, los parásitos, los descarados, los cínicos, los asesinos, los carniceros, los perezosos, los canallas, los de fusil en mano en lugar de un azadón, los exterminadores, los mentirosos, los cizañeros, los pordioseros. Ellos, los otros, le obligaron a él a caminar con miedo, a oscuras, sólo bajo la luz de la luna, recorrer senderos extraños, cambiar de ruta y horarios, le provocaron  insomnio, ira, llanto, sosobra. Ella durmió con el brazo izquierdo abrazando su cría y la mano derecha empuñando el arma. El hogar se convirtió en un campo de espanto, se quemaban mechas de tejo para que los otros pensaran que serían nuestras balas, las de un 38 largo. Los otros no soportaron un viejo tigre con alma de zorro, un rusio de cabellos blancos, que les había burlado sus intenciones de muerte, de convertirlo en abono para sembrar pasto. Los otros, los mismos de siempre, llegaron al Triunfo exigiendo al tigre, al tigre escapado, que tenía entre sus trapos los últimos 12 kilos de trabajo. Él, uno veterano, había percibido ya con su instinto ese olor azufrado, que le hizo herizar los pelos una noche cazando. Ella, sin embargo a merced de los tiranos, se aferró a la pequeña, no les sonrió, pero tampoco les ofreció lágrimas. Los otros debieron suponer que otra oportunidad tendrían, pero los tigres se marcharon desarraigados, mutilados, desesperados y violentados. Ellos, que alguna vez fueron un nosotros, optaron por matarnos en el imaginario colectivo, dolidos se quedaron por tener consigo las tierras sin bovinos, las plantas sin producido y unos tigres lejos de casa, pero vivos y no arrodillados.

domingo, 17 de enero de 2016

AGUA SOBRE FUEGO


El sol se llevó la esperanza de mi amor por ti con la fuerza de su luz, ofreció un amarillo fuerte y luminoso, luego cuando más difícil se hizo arrancarlo, fue naranja profundo, casi rojo. Ella sin embargo se aferró a las nubes hasta deformarlas, vi en cada una un par de arañazos. El cielo fue el escenario mezclado de azul, blanco, grises, tus colores, los míos; me recordo que yo era fuego, pero tu agua y el oceano no dudó en ahogarla. La noche extendió sus tentáculos y feliz e impacible levanté los brazos y entre mis manos entregué el amor, me liberé de el, aunque después lo sentí como un rapto.

Ya no me haría cosquillas hasta rasgarme las costillas, no me besaría las heridas tras su paso, no me dejaría con los ojos abiertos en el insomnio, los vientos no traerían el olor de tu caminar por las calles, por mi cuerpo, no sentiría la enfermedad de tus silencios, no vería el cinismo, no me esforzaría por comprender contradicciones... Tendría que haber usado mascara de oxígeno para respirar en las oscuras aguas, de lo contrario no sería más que las dolorosas palabras que lo inspiraron, las caricias olvidadas, nuestras miradas disolverse en el espacio... Al final, un par de burbujas viajaron a la superficie y giré la espalda no quería noticias.