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domingo, 31 de enero de 2016

LOS TIGRES


No conocí más que las balas hechas de pólvora tacadas en una escopeta para cazar armadillos, borugas, güaras, gallinetas, entre otros animales de la selva. Supe lo que es una macheta, un hacha, un perrero, pero él y ella trozaban la leña, rozaban la maleza de los potreros, arriaban ganado y montaban los caballos que yo también galopaba, en una silla o una enjalma para transportar mandarinas, naranjas, plátanos, gallinas, gasolina, abonos, pesticidas, hoja de coca. Ella cocinaba en horno de barro alimentos para 20 o tal vez 25 personas, los llevaba hasta los cultivos y preparaba la casa. Ellos raspaban las plantas con las manos llenas de sangre y sus dedos cubiertos de tela para no despeyejarse la piel. Él fumaba cigarrillo Imperial y ella jugaba con travesuras, mientras yo me trepaba en los árboles para devorar los frutos e imaginar todas las profesiones del mundo. A los cuatro años supe ser doctora, también maestra y como no vendedora, me supuse en el espacio y hasta preferí encuentros con serpientes (una culebra punk morada con cresta amarilla) en lugar de ratones. 

Nosotros sembrábamos pies de plantas de yuca y maíz. Mientras él cavaba, ella y yo dejábamos caer los granos en los agujeros y pisábamos la tierra. Bailábamos al sonido de una grabadora con pilas Varta, en casa de los vecinos para las festividades importantes. Madrugábamos a las 3 de la mañana para ir al pueblo por mercado y vender el polvo blanco. Él y yo vimos una lluvia de estrellas y tropecé mi rostro contra el suelo por no fijar mi camino y observar solo para el cielo. Éramos los tigres... Prósperos, laboriosos, justos y no embusteros. Él y ella en un comienzo debieron traer la leche de otra finca, trabajar algunos días a la semana jornaleando hasta que el Triunfo, nuestro lugar, fue para la manada.

Los otros, los sin nombre, los despiadados, los traicioneros, los parásitos, los descarados, los cínicos, los asesinos, los carniceros, los perezosos, los canallas, los de fusil en mano en lugar de un azadón, los exterminadores, los mentirosos, los cizañeros, los pordioseros. Ellos, los otros, le obligaron a él a caminar con miedo, a oscuras, sólo bajo la luz de la luna, recorrer senderos extraños, cambiar de ruta y horarios, le provocaron  insomnio, ira, llanto, sosobra. Ella durmió con el brazo izquierdo abrazando su cría y la mano derecha empuñando el arma. El hogar se convirtió en un campo de espanto, se quemaban mechas de tejo para que los otros pensaran que serían nuestras balas, las de un 38 largo. Los otros no soportaron un viejo tigre con alma de zorro, un rusio de cabellos blancos, que les había burlado sus intenciones de muerte, de convertirlo en abono para sembrar pasto. Los otros, los mismos de siempre, llegaron al Triunfo exigiendo al tigre, al tigre escapado, que tenía entre sus trapos los últimos 12 kilos de trabajo. Él, uno veterano, había percibido ya con su instinto ese olor azufrado, que le hizo herizar los pelos una noche cazando. Ella, sin embargo a merced de los tiranos, se aferró a la pequeña, no les sonrió, pero tampoco les ofreció lágrimas. Los otros debieron suponer que otra oportunidad tendrían, pero los tigres se marcharon desarraigados, mutilados, desesperados y violentados. Ellos, que alguna vez fueron un nosotros, optaron por matarnos en el imaginario colectivo, dolidos se quedaron por tener consigo las tierras sin bovinos, las plantas sin producido y unos tigres lejos de casa, pero vivos y no arrodillados.

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