Mis redes

twitter facebook google plus instagram Youtube

jueves, 26 de marzo de 2020

ME CUESTA CREERME ESTE CUENTO

Tomé mi bicicleta para salir hacer un par de cosas. Me puse el tapabocas, los guantes y bajé la roja por las escaleras. Eché llave a la puerta, puse la maleta en mi espalda y subí sobre las dos ruedas. La llanta trasera baja de aire, sospecho que el neumático tiene un pequeño escape. Cogí la bomba y empecé ese vaivén de presión y aire, hasta inflarlo lo suficiente. Trepé nuevamente y corrí en ella a gran velocidad, agradeciendo estar afuera de esta jaula, en la que se convirtió mi casa. Sin autos, tenía las avenidas dispuestas y acepté la invitación a explorarlas.

Me baje en el Rapicade, pagué dos facturas con las fechas límites de pago vencidas. Hacer ciertas cosas aburre. En el lugar, solo  dos personas en caja y yo que ya estaba adentro. Afuera, al lado, una fila de 15 personas aproximadamente para ingresar a un cajero. Otra vez me monté en la bici y me dirigí a un lugar más lejano para retirar dinero. Fui hasta un supermercado que tiene el cajero del banco que necesito adentro. 

Primera fila del día, uno lejos del otro, el vendedor de tapabocas se pasea entre nosotros. Como no hay mucho que hacer en una fila, escuché conversaciones ajenas. Una pareja de esposos y su hija. 
- Mijo, no encontramos arroz, ni lentejas.
- Tenemos que ir a otro supermercado.
- Recuerde que tenemos que comprar un celular a los niños para hacer tareas, 
- Pero ¿cómo?, no hay ni para comida - exclamó el padre-Celulares a estas altura del partido ¿para qué?
- Tiene un montón de tareas del colegio - Siguieron el paso, les vi discutir cuando se alejaban.

No alcancé a escuchar suficiente. Eché ojo en 360° y caché a mas de uno emplear mal el tapabocas, tocarse la cara muchas veces, hablar de cerca. Existen cosas tan simples que deberíamos conocer para sobrevivir; sin embargo nunca nos ocupamos de ello.

Sin tapabocas no pueden ingresar, le explica un vigilante a una chica dos personas adelante de mi. Ella se enoja y prefiere irse. Sigo entrometida en conversaciones de otros. La persona que vende tapabocas en la entrada del supermercado, le cuenta a un amigo que hay alrededor de unos 500 tapabocas en casa. Su contabilidad indica que, el día anterior vendió aproximadamente 80 tapabocas y unos 120 con su esposa. Le da 3 días para que acabe con su producción. 

Mientras las primeras gotas de sudor aparecen debajo de ese sol tipo 12 del día, dos señoras que no dudaron en iniciar una conversación. La última en llegar le pregunta a la que está al final -¿Toda esta fila es para Bancolombia?- sin dejar de asombrarse y la otra le responde - Si, los otros cajeros muy solitarios. - se sorprendieron ambas y caí en cuenta de quién maneja un gran volumen de dinero. Eché maldiciones internas por el sistema financiero. - ¿Será que si aprendemos? - me dio gusto escuchar esos interrogantes. No resistí inmiscuirme para indagar un poco. El chorro de alcohol en la entrada del almacén me hizo pensar que estamos en el trailer de una película de terror inverosímil, materializándose en esta realidad.

Me hice a un efectivo. Es un privilegio, lo sé. Lo último que escuché al estar allá, fue las palabras de un trabajador informarle a su compañero el caso de una cajera que estuvo laborando con ellos hasta hace un par de días, dio positivo. Fue inevitable imaginar la cadena de contagio por contacto y otras formas. 

Salí, me trepé de nuevo en la bici. Esta vez un poco más lento emprendí regreso. Me permití observar a lado y lado de las aceras. Me dí cuenta de un par de hombres, como depredadores dispuestos al acecho. Trean un caminar, llevan una angustia. Me dió una sensación de miedo. Me repetí en la mente: es lo que nos vence. Tuve regocijo con la idea de estar en la noche rodando, devorándome Bogotá, o siendo devorada, recorriendo sus calles frías, con un viento de congelar narices, oliendo, sintiendo, para comprenderla y entenderme. Luego recordé la existencia de un virus y las consecuencias de mi andar si decido hacerlo. Bogotá es una caótica tentación.

Llegué al barrio y me dispuse hacer mercado de verduras y frutas. Le pregunté a un hombre encargado de regular la entrada de personas el tiempo que llevaban de desabastecimiento en sus estantes - Es que vamos a cerrar, hasta hoy atendemos. En Corabastos  nadie controla y ya se han registrado casos de COVID-19, entonces estamos rematando todo el día de hoy - Respondiendo a mi duda. 

Nuevamente me pareció una locura, cogí una canasta y me hice algunos alimentos, salí, compré un pollo y purina para los peludos. Entré a la casa, me sentí tan cansada físicamente y  una lluvia de preguntas surgieron en mi cabeza. Hablé con muchas personas por redes sociales, en un discurso que tiene unos crueles tintes de humor y desesperanza. La incertidumbre nos hace polvo, sin embargo nos reinventa.

Seguí sentada y me sentí pesada. Salir fue una bofetada al espíritu, un puño cerrado en el estómago con un golpe seco. Mi celular alumbró de nuevo. Un amigo me invitó a una sesión de ejercicios para pierna. Descargué Zoom en la computadora e ingresé a la reunión. Me encontré con un buen número de niñ@s dispuestos a emplear un tiempo de su encierro a entrenar el cuerpo. Estuvo bastante fuerte la rutina, esos chicos me dieron sopa y seco en resistencia. Moví el cuerpo y también fue dinámica la mente. Pensé en la ventaja biológica de ser fuerte y hábil. Liberar oxitocina para disminuir la depresión, organizar nuestros pensamientos, fortalecer el sistema inmunológico... Luego fui por una sopa, sigo en la lucha por la vida de una plaga, una plaga contradictoria.

miércoles, 25 de marzo de 2020

TEJIENDO MAGIAS

El azul estaba sentado en la mesa y pensé en escribir con ese color antes de coger la libreta. Llegaste a mi pensamiento dejando caer este loco tejido de palabras en un papel blanco, en cuyo respaldo se había teñido con rojo, como el color de la sangre. Se me atravesó tu imagen luego de leer un escrito de despedida, acompañado por un inexplicable impulso de hilar mis reflexiones sobre ti, aunque tal vez sea más sobre mí, o quizás de ambas. Quise retirar el esfero rojo que posaba en la página del día anterior, porque deseo escribir con muchos colores… ¿el rojo? - ¡si, el rojo! – apareció de nuevo y siguió siendo tú. El de una bella bruja que obsequia duendes, piedras o un maravilloso digen de oro, metal de un leo por su fuerza y color, entregado para la protección, después de un nefasto sueño.


El azul seguía caprichoso en mi mente, se resistía al abandono. Tengo el rojo en mi mano, en una escritura cuyas ideas constantemente vienen del pasado. Aunque quizás, son un ahora, un sin tiempo. – ¡Adivina amiga! - el rojo sigue tentando esta errática forma de escritura, que es un presente, lleno de recuerdos, en el que se comprende que, para conocer a otro está el maravilloso ejercicio de la lectura, y vaya que para leer no necesitas siempre de un libro, pueden bastar unos sonidos, unas imágenes, un caminar, vivir.


Este texto va a no sé cuántos ritmos. Debo admitir que, sentarme en una mesa a escribir, dejando de lado la cama que me quiere consumir y pensar en ti, bruja guerrera al rescate, es un alivio. Me levanto, para adquirir una postura que había abandonado bastante.


Lectura y escritura ¿Cuál de las dos va primero? Gracias a ambas, esta bruja pudo hechizar a unos jóvenes estudiantes, que habían empezado a conocerla, la habían leído; por lo tanto, habían entramado en sus pensamientos.


Hasta ahora confieso que (unos ahora que deben ser escritos), no fueron pocas las veces que los chicos me preguntaron sobre la relación del lobo con la bipolaridad y la depresión de Antonio, las locas e innumerables formas de suicidio para llegar a 101, e incluso los debates sobre cuáles eran las Maras y Susanas en esta sociedad, tan distintas, tan ellas.


El día que estuviste en el Santa Bárbara (un lugar que me ha visto ser tantas formas), fuiste testigo  con o sin intensión. - ¿de qué? -  Recuerdo ver cómo hablaban contigo. Tengo en mi cuarto una fotografía de todos, Ingrid, Carolina, los chicos, tú y yo. Me asalta la escena de una linda morena con sus sagaces preguntas, dos morenos más en una esquina levantando ambos la mano para preguntar primero, felices, realmente felices y con tu libro en la mano. Pusiste a todos mensajes distintos en la portada de tus libros, o sus libros. Arley, me gusta tu corte. Hollman, por un nombre de gran hombre. Stephanie, por tu curioso mundo, por tu mente inquieta.  A Carlos, futuro gran lector. A Jorge, por más de un carnero en tu imaginación. Hamilton por tu alegría - ¡Rayos, chispas! - qué buena escritora eres, pero qué buena lectura tienes, tu lectura es magia, ¿qué sería de ti sin la escritura? De seguro otra Claudia. Ese mismo día recibí de obsequio una gata negra con blanco cuyo nombre es Mara, me la dio un estudiante que también rueda en bici.


No te imaginas. El azul no desiste. Mientras hago una pausa para poner música y empezar a releer el escrito producto de haberme sentado. Eché mano del color cielo sin nubes en día de verano, de manera inconsciente, lejos de todo plan. Puse unos números para reorganizar ideas y volví al rojo.


Llevo en mi pecho el ángel que no renuncia, se ha propuesto acompañarme en momentos difíciles. Observó un par de veces que saludé el piso de cara, luego de soltar dos ruedas, colgado, trepado anduvo y anda con sus bellas alas. Está en una cadena blanca de plata que me obsequió Carmen, una hermosa estudiante que, para demostrar a su hijo que era posible estudiar, se matriculó con él.


Entiendo el capricho de bruja, tejiendo las palabras.