Tuvimos a Satán de aliado. Nos encontró bajo su influencia cada vez. Yo le observé la sonrisa asomada en una esquina, como la de Berenice; pero sin las intenciones de Egaeus. Nos confabuló solventes, etéreos, eternos e instantáneos... Quizás le vi el rostro a través de tus ojos, en una noche azul acuarela sobre tus piernas, tenía el infierno como escenario. Lloré. Frente a una vieja casa, deseamos respirarnos el universo y configurarnos en la oscuridad. Satán debió danzar al lado de nosotros; nos cogió almohadazos, me despojó de la realidad dejando en el suelo mis anteojos y te hizo un niño, un niño como El Principito saltando en su planeta... Nos pintó de rojo. Un pincel en el rojo mar de sangre y sensaciones. Rojo el sostén que cayó la primera vez. Rojo el pintalabios que busqué en mis sueños, para ponérmelo un viernes tres, que siendo de ambos sumaría seis, y tres seis más en tu poder. Una roja y rota ocasión junto a Satán; el mismo que debió escucharnos en una noche de luna llena, clara y sincera al lado del mar; extraviados con su sonido y vacilar, como lo estuvimos siempre. Ebrios sobre un par de ruedas, ebrios de tequila y placer; felizmente destruidos.


