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viernes, 29 de mayo de 2020

TE OBSEQUIO ESTAS PALABRAS


Escribir sobre los recuerdos toma algo de esfuerzo, se tienen unos predilectos que llegan sin previo aviso y otros a los que debemos consultar en la línea del tiempo. El primero sobre ti lo tengo fresco, coincide con mi primer viaje en bicicleta sin irme de bruces contra el suelo. En mi segundo día de esa travesía te conocí. Había bajado intrépida de noche el alto de San Miguel venciendo esos pequeños miedos que se tejen conforme vas viviendo, miedo que por fortuna fui venciendo poco a poco.

Un hombre de pelo corto y color castaño claro se asomó entre vaivenes. Yo también he tenido ese color, lo he cambiado un par de veces para sentirme distinta, pero como las raíces son las raíces, pues siempre vuelve. La segunda vez que mis miopes ojos constataron tu existencia, fue en una reunión en casa de una amiga, compartimos la cama, solo que lo suficientemente separados, tú estabas acompañado y ¿yo? dormí al lado de otro chico. Entonces ¿cuándo mi interés suscitó en tu sonrisa, tu mirada, tu presencia?

Un ambiente frío retomó mis imágenes sobre ti. Te vi una cuadra antes del punto de encuentro. Ibas sobre una bicicleta azul con un par de alforjas sobre si ¿cuánto tiempo sin verte? ¿es el destino caprichoso? No quiero ahondar en ello. Recorrí en tu compañía un par de días, en los que francamente disfruté cada momento. Reí a carcajadas como lo hago muchas veces, pero a causa de ese humor sarcástico y ácido que suele escapar de ti con una naturalidad que me divierte demasiado. Tengo por fortuna un mágico recuerdo que incluye una estrella fugaz, de la cual vi apenas una pequeña estela, un último trazo de luz que se dejó descubrir, en el que fuimos testigos y al final un par de rostros llenos de sorpresa. Es difícil sorprenderse en éstas épocas, por alguna razón vamos perdiendo esa capacidad.

Comencé este relato con un cigarrillo en la mano y una cerveza para hacer más ameno el espacio de escritura. Hace mucho no lo hago y me siento torpe, pero el ánimo permanece intacto. Me prometí después de un corte de cabello en una cuarentena hacerlo en medio de una cobija roja y un cubre lechos con una princesa rubia de un lado y Hello Kytti del otro ¿cómo es que éstas dos figuras me dan la valentía para conjugar unos párrafos? He puesto en youtube música para gatos y me encuentro con notas tocadas en piano que me tranquilizan. Comencé leyendo a Claudia Restrepo y las amarguras de Norma. Fue la clave para entender que lo que sentía debía ser escrito.

La novela que leo plantea algunas analogías de situaciones con ciertos sabores, y yo no pude más que pensar en maní con arequipe y un sorbo de agua. Ese delicioso manjar que nos llevamos a la boca, descubriendo una maravillosa combinación que surgió de manera espontánea de los dos, y hará que te recuerde inevitablemente.  Mi rostro fácilmente se sonroja, y eso fue lo que sucedió justamente después de un comentario jocoso que me hiciste cuando me disponía a tacar una bola sobre una mesa de billar (Olvido en este momento las palabras precisas), la última noche de nuestro corto viaje por el Páramo de Sumapaz.

En mi celular guardé el contacto con tu nombre agregando la palabra pestañas. Es porque encuentro fascinación en ellas, acompañan perfectamente la expresión de tu mirada fija y segura, aunque a veces parece dar brinquitos esquivos y pasajeros. Planee un par de estrategias para volver al encuentro de esas pestañas. El primer artificio para coincidir con tu presencia fue mío, debo admitirlo. Para momentos como esos agradezco mi osadía.

Acudiste a mi llamado y el próximo encuentro fue en mi casa, con la excusa de una celebración post viaje. Sugerí que bebiéramos aguardiente amarillo, fue el licor que nos embriagó esa noche. Un amigo que también asistió se dejó vencer por el sueño o la borrachera. Quedamos tu y yo. Cuando fue la hora de dormir te di a elegir, entre el otro cuarto o el mío, por fortuna para mis intenciones preferiste mi compañía y me sentí complacida ante la treta tendida, en absoluto estabas haciendo el papel de inocente.

Quisiera ocuparme en describir la lucha cuerpo a cuerpo que aconteció esa noche, y otras tantas, pero para mí es suficiente con unas manos que encontraron camino en mi piel de manera perfecta y yo pude hacer sendero con las mías, dibujando mapas anatómicos. Unos besos a la medida de mis pasiones, espero que también de las tuyas. Unos cálidos abrazos a deliciosas temperaturas en los que se puede suspirar pacientemente.

Me sorprendiste gratamente con llamadas que sinceramente nunca esperé, soy analfabeta en ello y camuflaba mi nerviosismo con estruendosas risotadas.  Voy a confesar que es un potente escudo, con el que suelo engañar a otros sobre mis verdaderos sentires y finalmente me permite sobrevivir ¿qué más da? otros lo harán de otras formas y la risa no me daña. Como si eso fuera poco también recibí de tu parte un par de blusas, una de ellas de color negro con plumas blancas, que dan la impresión de estar cayendo, siendo movidas por el viento y la otra, mi favorita, es vinotinto con estampado de mariposas azules, iban con mi cabello azul. Ahora va perfecta con el recuerdo.

Te pensé en mi viaje de 30 a la costa caribe, te llevé un montón de veces en cada ola moverse y tocar mis pies. Recorrí una de las principales calles de Palomino un poco extranjero, pero muy colombiano. Soy nefasta dando obsequios; sin embargo, busqué incesantemente un regalo para ti, me sentí comprometida en ello, ojeé muchos collares, pero no di con el tuyo, me dije que me faltaba conocerte para atreverme a obsequiarte algo. Quizás Papini fue lo mejor que pude dejar en tus manos y por supuesto fue un regalo no planeado. Aunque eso de regalo en palabras del autor sería un absurdo, finalmente nada es nuestro, ni las palabras allí escritas, ni el papel que procesó y encuadernó otro para hacer el libro. Lo único que me pertenece es la intención de un regalo.

Luego vino la distancia, intenté sutilmente - eso pienso yo – sugerir nuevos encuentros, pero en adelante ésta se hizo paso y yo preferí respetar espacios, ritmos e intenciones. Me inquietó sinceramente saber que la bicicleta sería nuevamente el escenario que nos vería compartir un montón de experiencias, maravillosas, por cierto, aún quiero pellizcarme para comprobar que fue real. Por esos días fue emocionante saber que me robaste un beso en una alucinada noche en la que no paré de bailar y celebrar la dicha de tu presencia después de la ausencia. Me arrojé a tus labios sin asomo de duda, posesa de alegría, pero para ser sincera el beso que atesoro, por sobre todos los besos, ocurrió en la cuna de la Vorágine, Orocué, un pueblo lleno de magia.

Salimos apenas tu y yo por algún encargo a la tienda, sentí tensión en tu compañía, debió ser porque casi siempre estábamos con los otros chicos y este fue uno de los escasos momentos solos. No me había sentido así antes, me frustra esa inseguridad inconsciente que se apodera de mi robándome las palabras y la posibilidad de actuar naturalmente. Fuimos hasta un parque que tenía una especie de chorros de agua, que se disparaban en diferentes momentos y las personas jugaban en ellos para refrescarse. Yo evitaba mirarte, compartimos un cigarrillo y en mis pensamientos dibujaba una escena llena de besos. Lo quería incesantemente, fue la única idea que monopolizó mi cabeza. Cuando decidimos volver, yo solo quería lanzarme sobre ti, pero el miedo seguía latente. En ese mismo momento me odié por tanta cobardía, gracias que salvaste mis intenciones y en un sobrecogedor abrazo mis labios dieron con los tuyos. Ese sí que fue el mejor de los regalos.


jueves, 26 de marzo de 2020

ME CUESTA CREERME ESTE CUENTO

Tomé mi bicicleta para salir hacer un par de cosas. Me puse el tapabocas, los guantes y bajé la roja por las escaleras. Eché llave a la puerta, puse la maleta en mi espalda y subí sobre las dos ruedas. La llanta trasera baja de aire, sospecho que el neumático tiene un pequeño escape. Cogí la bomba y empecé ese vaivén de presión y aire, hasta inflarlo lo suficiente. Trepé nuevamente y corrí en ella a gran velocidad, agradeciendo estar afuera de esta jaula, en la que se convirtió mi casa. Sin autos, tenía las avenidas dispuestas y acepté la invitación a explorarlas.

Me baje en el Rapicade, pagué dos facturas con las fechas límites de pago vencidas. Hacer ciertas cosas aburre. En el lugar, solo  dos personas en caja y yo que ya estaba adentro. Afuera, al lado, una fila de 15 personas aproximadamente para ingresar a un cajero. Otra vez me monté en la bici y me dirigí a un lugar más lejano para retirar dinero. Fui hasta un supermercado que tiene el cajero del banco que necesito adentro. 

Primera fila del día, uno lejos del otro, el vendedor de tapabocas se pasea entre nosotros. Como no hay mucho que hacer en una fila, escuché conversaciones ajenas. Una pareja de esposos y su hija. 
- Mijo, no encontramos arroz, ni lentejas.
- Tenemos que ir a otro supermercado.
- Recuerde que tenemos que comprar un celular a los niños para hacer tareas, 
- Pero ¿cómo?, no hay ni para comida - exclamó el padre-Celulares a estas altura del partido ¿para qué?
- Tiene un montón de tareas del colegio - Siguieron el paso, les vi discutir cuando se alejaban.

No alcancé a escuchar suficiente. Eché ojo en 360° y caché a mas de uno emplear mal el tapabocas, tocarse la cara muchas veces, hablar de cerca. Existen cosas tan simples que deberíamos conocer para sobrevivir; sin embargo nunca nos ocupamos de ello.

Sin tapabocas no pueden ingresar, le explica un vigilante a una chica dos personas adelante de mi. Ella se enoja y prefiere irse. Sigo entrometida en conversaciones de otros. La persona que vende tapabocas en la entrada del supermercado, le cuenta a un amigo que hay alrededor de unos 500 tapabocas en casa. Su contabilidad indica que, el día anterior vendió aproximadamente 80 tapabocas y unos 120 con su esposa. Le da 3 días para que acabe con su producción. 

Mientras las primeras gotas de sudor aparecen debajo de ese sol tipo 12 del día, dos señoras que no dudaron en iniciar una conversación. La última en llegar le pregunta a la que está al final -¿Toda esta fila es para Bancolombia?- sin dejar de asombrarse y la otra le responde - Si, los otros cajeros muy solitarios. - se sorprendieron ambas y caí en cuenta de quién maneja un gran volumen de dinero. Eché maldiciones internas por el sistema financiero. - ¿Será que si aprendemos? - me dio gusto escuchar esos interrogantes. No resistí inmiscuirme para indagar un poco. El chorro de alcohol en la entrada del almacén me hizo pensar que estamos en el trailer de una película de terror inverosímil, materializándose en esta realidad.

Me hice a un efectivo. Es un privilegio, lo sé. Lo último que escuché al estar allá, fue las palabras de un trabajador informarle a su compañero el caso de una cajera que estuvo laborando con ellos hasta hace un par de días, dio positivo. Fue inevitable imaginar la cadena de contagio por contacto y otras formas. 

Salí, me trepé de nuevo en la bici. Esta vez un poco más lento emprendí regreso. Me permití observar a lado y lado de las aceras. Me dí cuenta de un par de hombres, como depredadores dispuestos al acecho. Trean un caminar, llevan una angustia. Me dió una sensación de miedo. Me repetí en la mente: es lo que nos vence. Tuve regocijo con la idea de estar en la noche rodando, devorándome Bogotá, o siendo devorada, recorriendo sus calles frías, con un viento de congelar narices, oliendo, sintiendo, para comprenderla y entenderme. Luego recordé la existencia de un virus y las consecuencias de mi andar si decido hacerlo. Bogotá es una caótica tentación.

Llegué al barrio y me dispuse hacer mercado de verduras y frutas. Le pregunté a un hombre encargado de regular la entrada de personas el tiempo que llevaban de desabastecimiento en sus estantes - Es que vamos a cerrar, hasta hoy atendemos. En Corabastos  nadie controla y ya se han registrado casos de COVID-19, entonces estamos rematando todo el día de hoy - Respondiendo a mi duda. 

Nuevamente me pareció una locura, cogí una canasta y me hice algunos alimentos, salí, compré un pollo y purina para los peludos. Entré a la casa, me sentí tan cansada físicamente y  una lluvia de preguntas surgieron en mi cabeza. Hablé con muchas personas por redes sociales, en un discurso que tiene unos crueles tintes de humor y desesperanza. La incertidumbre nos hace polvo, sin embargo nos reinventa.

Seguí sentada y me sentí pesada. Salir fue una bofetada al espíritu, un puño cerrado en el estómago con un golpe seco. Mi celular alumbró de nuevo. Un amigo me invitó a una sesión de ejercicios para pierna. Descargué Zoom en la computadora e ingresé a la reunión. Me encontré con un buen número de niñ@s dispuestos a emplear un tiempo de su encierro a entrenar el cuerpo. Estuvo bastante fuerte la rutina, esos chicos me dieron sopa y seco en resistencia. Moví el cuerpo y también fue dinámica la mente. Pensé en la ventaja biológica de ser fuerte y hábil. Liberar oxitocina para disminuir la depresión, organizar nuestros pensamientos, fortalecer el sistema inmunológico... Luego fui por una sopa, sigo en la lucha por la vida de una plaga, una plaga contradictoria.

miércoles, 25 de marzo de 2020

TEJIENDO MAGIAS

El azul estaba sentado en la mesa y pensé en escribir con ese color antes de coger la libreta. Llegaste a mi pensamiento dejando caer este loco tejido de palabras en un papel blanco, en cuyo respaldo se había teñido con rojo, como el color de la sangre. Se me atravesó tu imagen luego de leer un escrito de despedida, acompañado por un inexplicable impulso de hilar mis reflexiones sobre ti, aunque tal vez sea más sobre mí, o quizás de ambas. Quise retirar el esfero rojo que posaba en la página del día anterior, porque deseo escribir con muchos colores… ¿el rojo? - ¡si, el rojo! – apareció de nuevo y siguió siendo tú. El de una bella bruja que obsequia duendes, piedras o un maravilloso digen de oro, metal de un leo por su fuerza y color, entregado para la protección, después de un nefasto sueño.


El azul seguía caprichoso en mi mente, se resistía al abandono. Tengo el rojo en mi mano, en una escritura cuyas ideas constantemente vienen del pasado. Aunque quizás, son un ahora, un sin tiempo. – ¡Adivina amiga! - el rojo sigue tentando esta errática forma de escritura, que es un presente, lleno de recuerdos, en el que se comprende que, para conocer a otro está el maravilloso ejercicio de la lectura, y vaya que para leer no necesitas siempre de un libro, pueden bastar unos sonidos, unas imágenes, un caminar, vivir.


Este texto va a no sé cuántos ritmos. Debo admitir que, sentarme en una mesa a escribir, dejando de lado la cama que me quiere consumir y pensar en ti, bruja guerrera al rescate, es un alivio. Me levanto, para adquirir una postura que había abandonado bastante.


Lectura y escritura ¿Cuál de las dos va primero? Gracias a ambas, esta bruja pudo hechizar a unos jóvenes estudiantes, que habían empezado a conocerla, la habían leído; por lo tanto, habían entramado en sus pensamientos.


Hasta ahora confieso que (unos ahora que deben ser escritos), no fueron pocas las veces que los chicos me preguntaron sobre la relación del lobo con la bipolaridad y la depresión de Antonio, las locas e innumerables formas de suicidio para llegar a 101, e incluso los debates sobre cuáles eran las Maras y Susanas en esta sociedad, tan distintas, tan ellas.


El día que estuviste en el Santa Bárbara (un lugar que me ha visto ser tantas formas), fuiste testigo  con o sin intensión. - ¿de qué? -  Recuerdo ver cómo hablaban contigo. Tengo en mi cuarto una fotografía de todos, Ingrid, Carolina, los chicos, tú y yo. Me asalta la escena de una linda morena con sus sagaces preguntas, dos morenos más en una esquina levantando ambos la mano para preguntar primero, felices, realmente felices y con tu libro en la mano. Pusiste a todos mensajes distintos en la portada de tus libros, o sus libros. Arley, me gusta tu corte. Hollman, por un nombre de gran hombre. Stephanie, por tu curioso mundo, por tu mente inquieta.  A Carlos, futuro gran lector. A Jorge, por más de un carnero en tu imaginación. Hamilton por tu alegría - ¡Rayos, chispas! - qué buena escritora eres, pero qué buena lectura tienes, tu lectura es magia, ¿qué sería de ti sin la escritura? De seguro otra Claudia. Ese mismo día recibí de obsequio una gata negra con blanco cuyo nombre es Mara, me la dio un estudiante que también rueda en bici.


No te imaginas. El azul no desiste. Mientras hago una pausa para poner música y empezar a releer el escrito producto de haberme sentado. Eché mano del color cielo sin nubes en día de verano, de manera inconsciente, lejos de todo plan. Puse unos números para reorganizar ideas y volví al rojo.


Llevo en mi pecho el ángel que no renuncia, se ha propuesto acompañarme en momentos difíciles. Observó un par de veces que saludé el piso de cara, luego de soltar dos ruedas, colgado, trepado anduvo y anda con sus bellas alas. Está en una cadena blanca de plata que me obsequió Carmen, una hermosa estudiante que, para demostrar a su hijo que era posible estudiar, se matriculó con él.


Entiendo el capricho de bruja, tejiendo las palabras.