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jueves, 26 de marzo de 2020

ME CUESTA CREERME ESTE CUENTO

Tomé mi bicicleta para salir hacer un par de cosas. Me puse el tapabocas, los guantes y bajé la roja por las escaleras. Eché llave a la puerta, puse la maleta en mi espalda y subí sobre las dos ruedas. La llanta trasera baja de aire, sospecho que el neumático tiene un pequeño escape. Cogí la bomba y empecé ese vaivén de presión y aire, hasta inflarlo lo suficiente. Trepé nuevamente y corrí en ella a gran velocidad, agradeciendo estar afuera de esta jaula, en la que se convirtió mi casa. Sin autos, tenía las avenidas dispuestas y acepté la invitación a explorarlas.

Me baje en el Rapicade, pagué dos facturas con las fechas límites de pago vencidas. Hacer ciertas cosas aburre. En el lugar, solo  dos personas en caja y yo que ya estaba adentro. Afuera, al lado, una fila de 15 personas aproximadamente para ingresar a un cajero. Otra vez me monté en la bici y me dirigí a un lugar más lejano para retirar dinero. Fui hasta un supermercado que tiene el cajero del banco que necesito adentro. 

Primera fila del día, uno lejos del otro, el vendedor de tapabocas se pasea entre nosotros. Como no hay mucho que hacer en una fila, escuché conversaciones ajenas. Una pareja de esposos y su hija. 
- Mijo, no encontramos arroz, ni lentejas.
- Tenemos que ir a otro supermercado.
- Recuerde que tenemos que comprar un celular a los niños para hacer tareas, 
- Pero ¿cómo?, no hay ni para comida - exclamó el padre-Celulares a estas altura del partido ¿para qué?
- Tiene un montón de tareas del colegio - Siguieron el paso, les vi discutir cuando se alejaban.

No alcancé a escuchar suficiente. Eché ojo en 360° y caché a mas de uno emplear mal el tapabocas, tocarse la cara muchas veces, hablar de cerca. Existen cosas tan simples que deberíamos conocer para sobrevivir; sin embargo nunca nos ocupamos de ello.

Sin tapabocas no pueden ingresar, le explica un vigilante a una chica dos personas adelante de mi. Ella se enoja y prefiere irse. Sigo entrometida en conversaciones de otros. La persona que vende tapabocas en la entrada del supermercado, le cuenta a un amigo que hay alrededor de unos 500 tapabocas en casa. Su contabilidad indica que, el día anterior vendió aproximadamente 80 tapabocas y unos 120 con su esposa. Le da 3 días para que acabe con su producción. 

Mientras las primeras gotas de sudor aparecen debajo de ese sol tipo 12 del día, dos señoras que no dudaron en iniciar una conversación. La última en llegar le pregunta a la que está al final -¿Toda esta fila es para Bancolombia?- sin dejar de asombrarse y la otra le responde - Si, los otros cajeros muy solitarios. - se sorprendieron ambas y caí en cuenta de quién maneja un gran volumen de dinero. Eché maldiciones internas por el sistema financiero. - ¿Será que si aprendemos? - me dio gusto escuchar esos interrogantes. No resistí inmiscuirme para indagar un poco. El chorro de alcohol en la entrada del almacén me hizo pensar que estamos en el trailer de una película de terror inverosímil, materializándose en esta realidad.

Me hice a un efectivo. Es un privilegio, lo sé. Lo último que escuché al estar allá, fue las palabras de un trabajador informarle a su compañero el caso de una cajera que estuvo laborando con ellos hasta hace un par de días, dio positivo. Fue inevitable imaginar la cadena de contagio por contacto y otras formas. 

Salí, me trepé de nuevo en la bici. Esta vez un poco más lento emprendí regreso. Me permití observar a lado y lado de las aceras. Me dí cuenta de un par de hombres, como depredadores dispuestos al acecho. Trean un caminar, llevan una angustia. Me dió una sensación de miedo. Me repetí en la mente: es lo que nos vence. Tuve regocijo con la idea de estar en la noche rodando, devorándome Bogotá, o siendo devorada, recorriendo sus calles frías, con un viento de congelar narices, oliendo, sintiendo, para comprenderla y entenderme. Luego recordé la existencia de un virus y las consecuencias de mi andar si decido hacerlo. Bogotá es una caótica tentación.

Llegué al barrio y me dispuse hacer mercado de verduras y frutas. Le pregunté a un hombre encargado de regular la entrada de personas el tiempo que llevaban de desabastecimiento en sus estantes - Es que vamos a cerrar, hasta hoy atendemos. En Corabastos  nadie controla y ya se han registrado casos de COVID-19, entonces estamos rematando todo el día de hoy - Respondiendo a mi duda. 

Nuevamente me pareció una locura, cogí una canasta y me hice algunos alimentos, salí, compré un pollo y purina para los peludos. Entré a la casa, me sentí tan cansada físicamente y  una lluvia de preguntas surgieron en mi cabeza. Hablé con muchas personas por redes sociales, en un discurso que tiene unos crueles tintes de humor y desesperanza. La incertidumbre nos hace polvo, sin embargo nos reinventa.

Seguí sentada y me sentí pesada. Salir fue una bofetada al espíritu, un puño cerrado en el estómago con un golpe seco. Mi celular alumbró de nuevo. Un amigo me invitó a una sesión de ejercicios para pierna. Descargué Zoom en la computadora e ingresé a la reunión. Me encontré con un buen número de niñ@s dispuestos a emplear un tiempo de su encierro a entrenar el cuerpo. Estuvo bastante fuerte la rutina, esos chicos me dieron sopa y seco en resistencia. Moví el cuerpo y también fue dinámica la mente. Pensé en la ventaja biológica de ser fuerte y hábil. Liberar oxitocina para disminuir la depresión, organizar nuestros pensamientos, fortalecer el sistema inmunológico... Luego fui por una sopa, sigo en la lucha por la vida de una plaga, una plaga contradictoria.

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