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viernes, 19 de julio de 2013

INYECCIÓN DE DESPRECIO

Llevabas los ojos abiertos toda la noche. A las 3:30 de la mañana, dejaste el sostén sobre el sofá, te pusiste su sudadera y el Jeans azul quedó en el borde inferior de la cama, el movimiento de cobijas hicieron que encontrara el piso. No pronunciaste palabras, tumbaste tu cuerpo y giraste dando la espalda en posición fetal, apretaste los dientes y cerraste los ojos solo por un momento, pero cinco segundos mas tarde estabas observando la pared blanca, mientras escuchabas que terminaba de despojarse de su vestimenta y reemplazaba el pantalón por unas bermudas. 

No pudiste seguir observando la pared. Apagó la luz y se metió entre las cobijas asumiendo tu misma postura. Dos espaldas no encontraron la manera de comunicarse y los ojos despiertos lo sospecharon, así que ellos estaban a la expectativa, y solo podían con los parpadeos, no lograron descansar en esa madrugada. Tres horas y media pasaron y no cambiabas la posición, pero escuchabas en ese lapso  de tiempo como el acompañante realizaba un par de movimientos, y su espalda la que había dejado de cara a la tuya estaba del otro lado y entonces sentiste también su respiración, cada vez mas cerca. Te lanzo la mano sobre la cintura y el ritmo cardíaco se elevó y no dejaste de mirar a la pared. Descendió la mano hasta encontrar el sexo y parecías no reaccionar; solo la sangre parecía andar a gran velocidad en respuesta a la mano exploradora. 

Dejaste que girara tu cuerpo y querías sonreír, pero te diste cuenta de algo macabro... él no te observaba, así que, ahora las dos manos apartaron un par de muslos para dejar espacio a una faena e introducir su desprecio, dejándote con los ojos hundidos en ese rostro que aunque estaba ahí, contigo, parecía viajar a otro recodo de su mente, enajenándote. Observaste su expresión, pero no quisiste cerrar los ojos, nada podría ser mas cruel que eso y sin embargo la oscuridad de los párpados sobre tus pupilas, era una mentira para si misma. Esos ojos abiertos, que habían sido temerosos de dejar escapar las tímidas gotas purificadoras, dejaron en libertad las lágrimas, esas que bañaban de dolor el cuerpo inyectado con una aguja indiferente de humillación.

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