La costumbre de amar la ausencia,
de entregarse a nada,
de esperar el silencio,
de suspirar sin ser escuchado.
De mirar el negro y esperar colores,
de estar buscando un cuerpo y encontrar las sombras,
de sonreirle al viento y obtener de vuelta un rostro endurecido.
La costumbre de crear historias,
de incluirte en sueños,
de observar el ambiente y encontrar la niebla,
de esperar la lluvia y obtener hojas secas.
La costumbre de descubrir en cada palabra,
de pasar por la vida sin ser leído,
de leer a otros y quedarse con los pensamientos,
de ahorrar dolor y desperdiciar la vida en cada aliento.
De escribir en papel ya dibujado,
de acariciar pieles resquebrajadas,
de escuchar susurros sin pretensión alguna.
La costumbre de sentirse despojado,
de arrancarse la piel en cada caricia,
de abandonarse y abandonarte,
de olvidarse para recordarse.
La costumbre de preferir el precipicio,
de quedarse en los huesos,
de llorar alegrías y celebrar tristezas,
de imaginarte sin facción alguna.
De agonizar sin necesidad,
para sentirse vivo o muerto,
para experimentar el límite y desafiar la cordura,
para en la fatalidad empezar y de nuevo la costumbre.



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