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jueves, 10 de octubre de 2019

EL TIGRE ESTÁ RUCIO




A los 9 años expresó tener su primera cana, le salió a la edad en que decidió marcharse por primera vez de casa. Cuando yo le conocí ya se le asomaban un gran número, se podían ver incluso por debajo del sombrero hecho con hojas de caña.

Mi querido Poenco, como le llamaban en el campo, apodo que tenía gracias a una carraspera frecuente, producto seguramente de años de fumar Imperial o President y que se asemeja al sonido de un tigre. Mi aventurero progenitor ya no se siente con los ánimos para regañarme por cada uno de mis viajes en bicicleta, aunque siempre tema. Se ha dicho que carece de autoridad, pues él se recorrió medio país producto de su deseo por conocer otros lugares y buscar nuevas historias. Yo francamente prefiero sus regaños, entiendo que es su forma para expresar el amor y la preocupación por una hija que se ha desbarrancado en dos oportunidades encima de un par de ruedas.

El Poenco campesino, ese es mi padre, un hombre al que la ciudad lo trató con hostilidad, una Bogotá que no ha sabido comprender el dolor que se trae sobre las espaldas abandonar la tierra, representación de riqueza y tranquilidad en tiempos de buen trabajo.

Hasta yo me hago un manojo de emociones evocar el pasado y la familia que fuimos en una finca de 100 hectáreas, cuya casa estaba hecha en madera, con una cocina, dos habitaciones (una de ellas para nosotros y la otra con camarotes para los trabajadores), una sala con un chinchorro en el centro para descansar, corredores y un comedor, pero y ¿ahora? Con dificultades y quizás muchos años de trabajo podríamos hacernos a un terreno de semejante tamaño.

Todavía recuerdo a travesuras, una perra criolla experta en cacería, fiel compañera del rucio Tigre en las madrugadas. En más de una ocasión regresaron con borugas, armadillos, güaras o una que otra gallineta. Han de perdonarnos los ambientalistas, pero estas fueron otras épocas y escenarios. Su fiel amiga era muy consentida, cuando el tigre le regañaba, no probaba bocado hasta no recibir una caricia como disculpa. Tuvo dos perros una amarilla cabezona llamada Mañita el doble de consentida y Turqui el perro guardian.

Como olvidar a Guacharaco, el macho resabiado (como lo llamábamos) que paraba cuando quería y solo le caminaba a mi padre después de atinarle un par de planazos. Carramplon en cambio, que noble caballo, acompañó al Tigre casi desde que se hizo al Triunfo, la finca de los poencos.

Soñador rucio o más bien, como le digo por estás épocas, mi bello copo de nieve, si bien las canas le mantienen las ganas, cada una de ellas le ha hecho protesta en su cabeza. El tigre no olvida, y no tiene porqué olvidar, es su historia y su fortaleza.

El tiempo pasa y tanto él como yo, aunque él especialmente guarda en su memoria la vida en el campo, sencilla, fuerte y luchadora. ¿Quién es el tigre o poenco? ¡Un campesino! Así es, un campesino.

Recuerdo padre yo contigo, porque olvidar no es nuestro estilo y aunque el desarraigo arrancó parte tu ser, de la definición como individuo, llevándose consigo los sueños a cambio de pesadillas, él anhela nuevamente ser, es decir volver a la tierra y pese a que quizás nos haga falta un poco de perdón, porque vaya que es difícil con tanto odio a nuestro alrededor, no existe mejor camino para mi querido rucio Tigre que recordar sin dolor, porque es la forma de  reivindicar su identidad, su sentir, su yo más sincero.

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