En búsqueda del frío nevado mis pasos tropezaron con el calor de tus ojos y la amplitud de tu sonrisa. Cada minuto tras tus pisadas me acercaron a la cima ¿Qué cima? La de un primer beso y muchos humos, la envuelta de blancas nubes que a veces parecían dejarnos sin la evidencia de un camino para el retorno.
Sin retorno estábamos tú y yo, que entregados a la aventura y el placer fuimos dejando en manos del destino y nuestra obstinada voluntad, cada encuentro. Fuiste escalando mis intenciones como si del Nevado del Tolima se tratara.
Yo fui a tí tantas veces como tú a mí; no mediaron los kilómetros en nuestro encuentro, porque cualquier medio de transporte hizo que dicha unidad de medida fuese cero. Un redondo número natural con la misma forma de las llantas de una bicicleta, que alcanzaron casi en la mitad del mundo mi alma ansiosa y temerosa de verte.
De nevado en nevado encontramos fuerza y complicidad, compañía y calidez; y así, en el transcurrir de mi existencia en tu presencia, la vida me dió un giro inesperado, me engrandeció en una redondez que alberga la vida, lo más preciado que me has podido ofrecer hasta la muerte.
Ese carácter diverso y complicado, pone a prueba de manera constante y permanente las habilidades de mi comprensión, pero con gusto asumo el reto de construir más allá de los límites. Entender el vaivén de tu humor, el sigilo de tus aprendizajes y el ritmo de tu caminar por el mundo.
Nieve, playas, montañas y muchas otras geografías del mundo sentirán nuestras pisadas, sosteniendo de la mano a Kenia, la soñadora Kenia que pinta el mapamundi marcando nuestro camino.




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