Te conocí y me fue imposible dejar de verte e inundar cada zona de mi cerebro con tu fragancia. Me hice a tu lado teniendo el deseo de no apartarme y con la sensación de que un brazo tuyo sobre mi hombro me liberaría del miedo. Un grano de esperanza, el que siempre conservamos para no dejarnos vencer. Unos labios húmedos y suaves fueron suficientes para obtener de ti el oxígeno que me hacía falta para respirar. Una mirada que sin asomo de claras intenciones, hicieron que me perdiera en cada pensamiento, imaginando lo que no podía explicarme. Permití que el café de tus ojos me llevaran al desmedido curso de mis instintos, y observara la completa luz para luego conducirme en un instante, a la oscuridad de mi ser. Una vez allí, me perdí y no hiciste nada por rescatarme, me abandonaste, me dejaste al acecho con toda indiferencia. Caminé unos pasos en dirección opuesta para no observarte. Necesitaba hundirme, sentir de la manera más sincera lo que me agobia, aplastarme para luego decirme: ¡Hey, vieja Maryu! ¿Qué tal sientes el pecho? ¿un tanto ajustado? Dime que puedes tomar un poco de aire aún.




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